















DEJEMOS QUE EL AZAR DECIDA
Francesca Lanzavecchia, Granada Barrero y Guillem Ferrán.
Nada sale mal en un acto planeado. La idea del diseñador será repetida una y otra vez en millones de copias, pieles lúcidas y perfectamente dibujadas que no explican de dónde vienen ni cómo están hechas. La producción en serie ha negado las variables individuales de cada objeto, dando la posibilidad de que todo el mundo adquiera productos perfectos, sueños sin alma. Ahora la norma empieza a aburrirnos y el sorprender se convierte en la única meta. La intención es que el mundo quede pasmado y nadie indiferente.
El diseñador quiere revelarse contra su sino, contra las cadenas de montaje y la estandarización de los hogares. Quiere crear objetos únicos. Sin poder negar las ventajas de la producción industrial, se busca la sorpresa introduciendo variables casuales en el proceso de producción. Estas variables crean un marco idílico que permite al objeto explicar de dónde viene. Para que los objetos puedan desarrollar su singularidad y tener esa originalidad inerte que los hace únicos, podemos dejar que fuerzas exteriores decidan el resultado final… dando paso al libre albedrío como comportamiento industrial.