LA IMAGEN CONGELADA (UN TÉRMINO RELATIVAMENTE NUEVO SURGIDO DE LAS TECNOLOGÍAS DEL CINE Y TELEVISIÓN) SE HA CONVERTIDO EN LA IMAGEN MÁS CARACTERÍSTICA DE MUCHOS DE LOS CENTROS HISTÓRICOS DE LAS CIUDADES EN QUE VIVIMOS. EL CONSERVADURISMO POLÍTICO Y LEGISLATIVO EN MATERIA DE IMAGEN URBANA INSISTE EN CONGELAR LA APARIENCIA DE TODO AQUELLO QUE EL GUSTO COMÚN, LA MEMORIA COLECTIVA, LA RESPONSABILIDAD HISTÓRICA O EL BUEN HACER URBANO CONSIDERA INTOCABLE, PERO ESO SÍ, QUE SEA ANTIGUO.
Y así aparecen los planes generales de ordenación urbana que obligan a conservar fachadas (imágenes) tal cual han llegado a nuestros días, previo proceso de limpieza e higienización. Qué más da lo que pase en el interior, qué importan los costosísimos esfuerzos constructivos para vaciar y construir ex novo el interior mientras las fachadas se dejen congeladas en el tiempo.
¿Y cómo se decide el valor de un edificio reducido a su fachada? En base a dos conceptos: común y gente. La apreciación, la valoración común de la gente establece un nivel colectivo de identidad que necesita de esas imágenes para conservarse, cosa que preocupa bien a la clase política.
¿Y quién es la gente?. Yo no conozco a la gente, nunca la he visto, es una abstracción, yo sólo conozco a personas. ¿Y el gusto común y colectivo?, debe ser algo parecido a Operación Triunfo: generar una apreciación masiva autoimpuesta a base de eliminar singularidades… de lo que sólo puede salir un pastiche.
Hoy Gaudí es un intocable, pero es fácil imaginarse las dificultades que debió encontrar para materializar lo que 100 años atrás el gusto común calificaba de monstruosidades.
A cada época le corresponde un entorno social, político, cultural y tecnológico propio, y éstos son los condicionantes que han de definir el entorno construido propio.
Frente a la conservación y congelación de imágenes planas en el entorno urbano, la suma de tiempos. La lección de la Mezquita de Córdoba, que ahora es Catedral, pero que también fue Basílica, y qué más da:… suma, coloca encima, al lado y debajo, con sutileza, con cuidado y con detalle, y de forma directa y como puedas. No destruyas, sólo añade, pervierte, pinta y reforma y redistribuye. Lo nuevo encima de lo viejo, lo viejo al lado de lo nuevo, todo junto, que se note, añade otro tiempo, tu tiempo, el que te toca.
La lección de la Catedral de Córdoba, que estaría genial como sala de fiestas, es la suma de tiempos. Cada nuevo momento constructivo se manifiesta y se suma a los anteriores, y esta adición multiplica la valoración global del conjunto.
Mientras la Mezquita, donde se podrían programar fantásticos cine-forum, mantiene un uso, conserva su sentido, porque otra gran deficiencia en la conservación de edificios es el despojamiento del uso. Dejando de lado los clichés modernos, el uso, la función, es la performación de la arquitectura. Los edificios se revalorizan mediante el uso, habitándolos y performando actividades en su interior: la simple restauración, rehabilitación o reforma de los edificios para sólo convertirse en el objetivo de las cámaras de fotos de turistas de cara atónita banaliza el sentido de la arquitectura y saquea su sentido social y cultural. Los edificios se tienen que usar y gastar y ensuciar (maldita la herencia higienista de la revolución industrial), y al llegar al momento crítico, sumarle otro tiempo.
Dado que el gusto común de la gente no es ni mucho menos inmutable, es responsabilidad de políticos, legisladores, planificadores, arquitectos, diseñadores y de cualquier agente implicado en el entorno construido, establecer las condiciones de posibilidad para una correcta valoración de la herencia arquitectónica, y para una adecuada adaptación de esos valores al contexto actual.
Conservar sin congelar, actualizar mediante la adición de nuevos valores, multiplicando las posibilidades, las lecturas, insertando los viejos edificios en nuestro entorno cultural, social, político, cultural y tecnológico. Como hacían con la Mezquita, que podría convertirse en unos estupendos talleres de creación.
Y a veces ocurre. En el barrio del Borne, en Barcelona, en el estudio EMBT supieron cómo conservar los muros del antiguo mercado de Santa Caterina y a la vez crear un edificio enganchado a su tiempo, incluso incorporando al diseño los restos arqueológicos encontrados en fase de obra. La lectura de las viejas fachadas, de la impresionante cubierta, de los nuevos bloques de viviendas y de los desperdigados puestos de alimentación multiplica la complejidad conceptual y contextual del edificio en su conjunto, que se sigue usando y ensuciando, y huele a carne y pescado, y la basura se acumula a diario en los contenedores en el exterior, por lo que sigue vivo.
Una operación análoga es la que plantea Manuel Ocaña en su propuesta ‘Malditos Modernos’ para adecuar la antigua estación de tren de Benalúa, en Alicante, en la sede de Casa Mediterráneo. Citando la memoria: ‘No recuperamos nada sólo por ser antiguo. Lo que no tiene interés arquitectónico vigente, no es prescriptible y entra en contradicción funcional con el nuevo uso’. Y así, se divierte con las preexistencias añadiendo nuevos materiales, nuevos reflejos, nuevas estructuras y nuevos espacios, saltando entre lo que ya estaba ahí, añadiendo su tiempo de uso y construcción, reinventando el edificio como memoria colectiva sin congelar su imagen en el tiempo.
Y ahora Jean Luc Godard: ‘No más ideas justas, justo una idea’.