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LA VIDA ALEGRE, El Wall Street Journal apunta la existencia de un “índice de caminabilidad”, resultado de varios factores concomitantes, para medir la calidad de un barrio o ciudad.

VALENCIA - JULIO 2008

Dicen que la alegría va por barrios. En el mío hay gentes felices y tristes, o tristes y felices, según los días, las horas, como en cualquier otro barrio del mundo. Éste tiene la particularidad de estar hecho de muchos barrios, como una de esas colchas cosidas de viejos retazos y colores dispares; precisamente por eso resultan -colchas y barrio- especialmente alegres. En una acera te crees en Hong-Kong y cruzas dos semáforos y estás en Tánger. Una se acostumbra a esa improvisación aparente, al zapping social, y ya luego le resulta aburrida la uniformidad ambiente, el orden inapelable de los sucesos, lo que huele desde lejos a previsible.

El Wall Street Journal apunta la existencia de un “índice de caminabilidad”, resultado de varios factores concomitantes, para medir la calidad de un barrio o ciudad. Hay ciudades enormes, auténticos hervideros de actividad, donde es imposible encontrar un papel en una acera, y otras tirando a pequeñas cuya dejadez es inversamente proporcional a su población. Sólo con añadir el número de zonas verdes o el estado del tráfico rodado, me temo que ese índice de caminabilidad no nos proporcionaría premio alguno, como no fuese el de barrio rematadamente antiutópico. Aún así, hay un factor que resulta difícil de enterrar bajo la negligencia de sus responsables: el carácter de sus habitantes.

Hace unos meses, un grupo de artistas que tiene en este distrito sus estudios ideó unas jornadas de puertas abiertas, invitación a los vecinos a curiosear y ver en qué y cómo trabajan. El éxito fue asombroso, incluso para los mismos organizadores. Resultaba gozoso ese trasiego festivo de gente de todo tipo… un intercambio de comunicación, desprovisto de todo envaramiento, con los artistas y sus obras. Como un pueblo en fiestas, una feria antigua. Sin ruido, sin derrochar ni un euro. Alegre y limpio. No ha sido la única iniciativa  de este tipo, aunque el ingenio y la creatividad queden demasiadas veces silenciados frente a la fascinación por el arte de volúmenes  faraónicos y acontecimientos ruidosos. Demasiadas veces la vanidad y esterilidad individuales opacan la auténtica riqueza, su absorción y transformación en valor original.

Hay otros lugares, otros eventos, donde la gente se ve convocada a deambular entre la multitud, guiadas por motivos ajenos o simplemente desconocidos. Esas gentes han visto ya demasiadas cosas inútiles, son prácticamente inmunes a la sorpresa de lo fatuo. Pueden, con su mera y populosa presencia, convertir esos eventos en liquidez a corto plazo, y dejar toneladas de basura como rastro de su paso. Pero difícilmente se podrá, con esos mimbres, fabricar un tejido cultural resistente al tiempo y al tedio de lo perfectamente inane. Y serán todo lo que ustedes quieran, menos memorablemente alegres. Pero cada cual cuenta la feria según le va.

Texto: Isabel Guillem
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